Respuestas a la Globalización: similitudes y diferencias entre los gobiernos izquierdistas de América del Sur
La expresión asociativa es la respuesta de la sociedad civil a un mundo cada vez más deshumanizado y mercantil, afirman personalidades que apoyaron la creación de la “Casa de las Asociaciones”.
Más de 60 organizaciones socio-políticas suizas y extranjeras comparten un espacio destinado a promover iniciativas humanitarias y de defensa del medio ambiente.
Su creación en el 2001 y su financiamiento entregado por el gobierno ginebra desató un debate y el lanzamiento de un referéndum en su contra que fracasó. La movilización a favor de este proyecto movilizó a las principales autoridades políticas que vieron en él la respuesta de la sociedad civil a la globalización.
El giro a la izquierda en América Latina es un lugar común que no deja de repetirse en foros políticos y en los medios de comunicación. Sin embargo, ¿de qué izquierda se está hablando? El término ha sido tradicionalmente complejo en la tradición europea, e incluso equívoco en la reciente historia latinoamericana, donde se llegó a negar la aplicación teórica de las propias categorías de izquierda y derecha como definidoras del juego político. Las posibilidades de la confrontación izquierda-derecha fueron diluidas por el peso del populismo que comenzó a extenderse por casi toda la región a partir de la década de 1930. El populismo, por su vocación centrípeta, el ensalzamiento de los patrones de identidad nacional, el desprecio a la competencia partidista y la utilización del Estado como regulador de las relaciones sociales y económicas, dejó nulo margen para la expresión política de la liza ideológica.
América Latina conforma un territorio tan diverso que su uso como referente espacial único es equívoco, si no directamente erróneo. Las realidades nacionales son tan diferentes que los denominadores comunes tienden a confundir lo que acontece ocultando su significado. Desarrollos históricos distintos, sedimentos poblacionales variopintos, recursos naturales y marcos geográficos y climáticos disímiles, combinados con escenarios institucionales que, partiendo de matrices singulares, han tenido evoluciones a veces contrapuesto, proyectan Estados con culturas políticas que dibujan diferencias tan marcadas entre los países como las que se pudieran dar en el seno de Europa. Todo ello está afectando a Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Uruguay y Venezuela, haciendo que, pese a lo que se viene defendiendo a veces con énfasis, sus diferencias sean mayores que sus similitudes. Por su parte, el diseño institucional de la región se articula en torno al presidencialismo como forma de gobierno que implica, para llevar a cabo el programa electoral del presidente, la necesidad de tener mayorías parlamentarias sólidas y estables del color político de éste. Circunstancia que acontece en Argentina, Bolivia, Uruguay y Venezuela, pero no en Brasil y Chile. En estos dos países, sus presidentes, de inequívoca militancia izquierdista y adscritos a formaciones como el Partido Socialista chileno, con setenta años de historia, y el brasileño Partido de los Trabajadores, con un cuarto de siglo de andadura, no disponen de Gobiernos monocolores ni con mayorías que les apoyan en sus respectivos Congresos, implementándose con mucha frecuencia decisiones ajenas al programa izquierdista presidencial. Escenarios ambos a los que podría sumarse Andrés Manuel López Obrador, en el caso de que el 2 de julio una mayoría simple le eligiera como presidente de México, pero que la imposibilidad de que su formación, el Partido de la Revolución Democrática, con una historia de menos de veinte años y una herencia priísta con componentes de la izquierda tradicional, consiguiera mayoría en el Congreso le abocaría a una situación si cabe aun más precaria, por no existir el mecanismo de la segunda vuelta presidencial que potencia la figura presidencial en Brasil y Chile.
Cuando en 2006 apareció un artículo del por entonces canciller mexicano Jorge Castañeda en el que sostenía provocativamente que los procesos políticos latinoamericanos estaban liderados por dos izquierdas bien diferenciadas, una constelación de trabajos se extendieron para reafirmar o discutir dicho postulado. No hubo artículo académico que, directa o indirectamente, no hiciera alusión a la tesis propuesta por Castañeda según la cual desde principios de este siglo en la región gobiernan dos tipos de izquierda. Por un lado, una “moderna, abierta y reformista” representada por los gobiernos de Lagos y Bachelet en Chile, de Vázquez en Uruguay y en menor medida, de Lula da Silva en Brasil , por otro lado, una “nacionalista, estridente y cerrada” representada por los gobiernos de Morales en Bolivia, Correa en Ecuador y Chávez en Venezuela, colocando a los gobiernos argentinos de Kirchner y Fernández en una posición ambigua o intermedia.
No obstante su escaso aporte para el estudio riguroso de los fenómenos contemporáneos –dadas sus pretensiones más normativas que analítico-explicativas- esta polémica tesis contribuyó a generar la discusión en torno al tan pregonado “giro a la izquierda”: Estos interrogantes colocaron a las ciencias sociales frente a nuevos desafíos conceptuales, teóricos, cognoscitivos, metodológicos y políticos. Para varios autores, el giro a la izquierda constituyó un fenómeno inesperado, considerando especialmente la hegemonía que había logrado el modelo neoliberal en la región, el debilitamiento que las izquierdas ya habían comenzado a sufrir desde la década del ochenta y la presencia de un electorado que se autoidentificaba más con la derecha que con la izquierda. Para otros, las victorias electorales de Chávez en Venezuela en 1999 y de Lula da Silva en Brasil en 2002 ya habrían anticipado la transformación del mapa político latinoamericano a cargo de las izquierdas. Lo cierto es que, habiendo llegado al poder gubernamental a nivel nacional, obteniendo espacios legislativos a nivel de la sociedad civil, las izquierdas volvieron a cobrar cierto protagonismo social y político.
Por su parte el del diseño institucional de la región se articula en torno al presidencialismo como forma de gobierno que implica para llevar a cabo el programa electoral del presidente la necesidad de tener mayorías parlamentarias sólidas y estables de color político de este. Circunstancia que acontece en Argentina, Bolivia, Uruguay y Venezuela, pero no en Brasil y Chile. En estos dos países sus presidentes de inequívoca militancia izquierdista y adscritos a formaciones como partidos socialistas chileno con 70 años de historia y el brasileño partido de los trabajadores con un cuarto de siglo de andadura, no disponen de gobiernos monocolores ni con mayorías que se les apoyan en sus respectivos congresos, implementándose con mucha frecuencia decisiones ajenas a programa izquierdista presidencial.
El país que más recientemente ha experimentado un cambio de profundo calado ha sido Bolivia, donde el movimiento al socialismo partido fundado hace poco más de 6 años y aguado sobre el movimiento social conformado por productores de Coca alcanzado el poder con una mayoría insólita en la reciente historia del país andino.




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